Madre: Baeza Antonia (1659)
Línea de Ascendencia Materna
(Sistema de Numeración Sosa-Stradonitz)
- N.° 1: Carlos Juan Felipe Antonio Vicente De La Cruz Urdaneta Álamo
- N.° 3: Morella Álamo Borges (Madre)
- N.° 7: Belén Eloina Borges Ustáriz (Abuela)
- N.° 15: Belén de Jesús Ustáriz Lecuna (Bisabuela)
- N.° 30: Miguel María Ramón de Jesús Uztáriz y Monserrate (Tatarabuelo / 3.º abuelo)
- N.° 61: María de Guía de Jesús de Monserrate e Ibarra (Trisabuela / 4.ª abuela)
- N.° 122: Tte. Cnel. Manuel José de Monserrate y Urbina (Tetrabuelo / 5.º abuelo)
- N.° 244: José Roque Antonio de Monserrate y Guerrero, Veinticuatro de Sevilla (Pentabuelo / 6.º abuelo)
- N.° 488: Francisco de Monserrate y Baeza (Hexabuelo / 6.º bisabuelo)
Ficha Genealógica: Francisco de Monserrate y Baeza
- Sexo: Masculino
- Nacimiento: Estimado hacia 1652 (rango aprox. 1626–1684) en Sevilla, Andalucía, España
- Matrimonio: 21 de diciembre de 1682 (a los 30 años de edad)
- Fallecimiento: Antes de 1700
Familia Inmediata
- Padre: Don Francisco de Monserrate
- Madre: Doña Antonia de Baeza
- Cónyuge: Doña Ana María de Pro Guerrero y Carvajal (Ana María Guerrero y Pro)
- Hijo: José Roque Antonio de Monserrate y Guerrero, Veinticuatro de Sevilla
Reseña Histórica
Natural de Sevilla. Contrajo matrimonio en la parroquia de San Vicente de dicha ciudad el 21 de diciembre de 1682 con Doña Ana María de Pro Guerrero y Carvajal, natural asimismo de Sevilla, hija de Don Juan Antonio de Pro Guerrero y de Doña Catalina María de Carvajal.
En 1695 obtuvo pase a Tierra Firme en calidad de cargador. Tras su fallecimiento, Doña Ana María contrajo segundas nupcias con Don Fernando Jorge Suárez de Urbina y Guerra de la Vega, Caballero de la Orden de Calatrava, con quien ya se encontraba casada hacia 1696.
Registro y Créditos
- Investigación genealógica: Ing. Carlos Juan Felipe Urdaneta Álamo, MDIG
- Agregado por: Pablo Romero (3 de julio de 2011) / Ing. Carlos Juan Felipe Urdaneta Álamo, MDIG
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Había una vez, a orillas del Guadalquivir, una ciudad de campanas doradas, polvo de plata y sombras alargadas llamada Sevilla. En aquel reino del ocaso hispánico, hacia el año de gracia de 1652, vino al mundo Francisco de Monserrate y Baeza. Su cuna no conoció los tiempos de esplendor ciego de los conquistadores, sino una urbe herida que aún lloraba a los miles de almas arrebatadas por la gran peste de 1649, donde la devoción barroca y la búsqueda de fortuna se fundían en cada callejuela.
Creció Francisco bajo el reinado del último de los Austrias, el rey Carlos II, en una España de contrastes abisales donde los hidalgos defendían su honra con la espada y las arcas reales ansiaban los caudales de ultramar. Sevilla, aunque declinaba frente a las costas de Cádiz, continuaba siendo la gran puerta mística del mundo conocido: el puerto donde los galeones cargados de cacao, perlas y plata descargaban sus promesas.
Al cumplir treinta inviernos, en el frío diciembre de 1682, Francisco desposó en el templo de San Vicente a Doña Ana María de Pro Guerrero y Carvajal, dama de noble cuna. Durante años formaron su hogar al amparo de las cofradías y los cabildos sevillanos, pero el rumor del océano nunca dejó de llamar a las puertas de quienes soñaban con asegurar el porvenir de su linaje.
Llegó así el año de 1695, cuando Francisco tomó la decisión más audaz de su existencia al obtener su pase a las Indias con el título de cargador. En aquel entonces, ser cargador no significaba llevar bultos al hombro, sino ser un mercader noble de la Carrera de Indias, un caballero que arriesgaba su propio patrimonio fletando mercancías selectas en la Flota de Tierra Firme, rumbo a las costas del Caribe y las tierras de Venezuela y Nueva Granada.
Aquel viaje era una travesía titánica contra tempestades, corsarios y fiebres tropicales. Poco después de emprender su aventura marina o al pisar aquellas costas lejanas, el destino reclamó la vida de Francisco antes de que el siglo XVII llegara a su fin. Su temprano descanso obligó a Doña Ana María a rehacer su vida junto a un caballero de la Orden de Calatrava, pero el espíritu navegante y la sangre de Francisco de Monserrate quedaron sembrados para siempre como la raíz de un ilustre linaje que florecería en el Nuevo Mundo.
Indice de Personas
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