Línea de Ascendencia Materna
(Parentesco: 5.º Tío Abuelo / Sistema de Numeración Sosa-Stradonitz)
- N.° 1: Carlos Juan Felipe Antonio Vicente De La Cruz Urdaneta Álamo
- N.° 3: Morella Álamo Borges (Madre)
- N.° 7: Belén Eloina Borges Ustáriz (Abuela)
- N.° 15: Belén de Jesús Ustáriz Lecuna (Bisabuela)
- N.° 30: Miguel María Ramón de Jesús Uztáriz y Monserrate (Tatarabuelo / 3.er abuelo)
- N.° 61: María de Guía de Jesús de Monserrate e Ibarra (Trisabuela / 4.ª abuela)
- N.° 122: Teniente Coronel Manuel José de Monserrate y Urbina (Tetrabuelo / 5.º abuelo)
- Hermano de N.° 122: Francisco Rafael de Monserrate y Urbina, Doctor en Teología (5.º Tío Abuelo)
Ficha Genealógica: Francisco Rafael de Monserrate y Urbina, Doctor en Teología
- Sexo: Masculino
- Nacimiento: 20 de octubre de 1742 en Petare, Caracas, Miranda, Venezuela
- Título / Grado: Doctor en Teología
Familia Inmediata
- Padre: Don José Roque Antonio de Monserrate y Guerrero, Veinticuatro de Sevilla
- Madre: Doña Antonieta Felicita Javiera Ignacia de Urbina y Hurtado de Mendoza
- Cónyuge: Doña Juana Díaz de Bonilla
- Hermanos:
- Teniente Coronel Manuel José de Monserrate y Urbina (Ancestro directo N.° 122)
- Antonio Basilio José de Monserrate y Urbina (Presbítero y Doctor)
- José Francisco de Monserrate y Urbina (Presbítero y Doctor)
- Micaela Antonia Josefa de Monserrate y Ortiz de Urbina
- María Petronila Paula de Monserrate y Urbina
- Juana Matea de Monserrate y Urbina
- Josefa Manuela de Monserrate y Urbina
- Vicente de Monserrate y Urbina
- Teresa de Monserrate y Urbina
Registro y Créditos
- Investigación genealógica: Ing. Carlos Juan Felipe Urdaneta Álamo, MDIG
- Agregado por: Dr. Leopoldo José Briceño-Iragorry Calcaño (23 de junio de 2016) / Ing. Carlos Juan Felipe Urdaneta Álamo, MDIG
- Administrado por: Corina Eugenia Briceño-Iragorry Calcaño
Había una vez, entre las verdes colinas del valle de Caracas y las fértiles tierras de Petare, un infante que vio la luz en el otoño de 1742, bajo el nombre de Francisco Rafael de Monserrate y Urbina. Nacido en el seno de un linaje de rancio abole
ngo —hijo de un ilustre Veinticuatro de Sevilla y de una dama principal de la nobleza mantuana—, su destino no fue forjado con el acero como el de su hermano, el teniente coronel Manuel José, sino con la pluma, el pergamino y los misterios de la fe.
En una provincia dominada por las haciendas de cacao, el monopolio de la Real Compañía Guipuzcoana y la devoción barroca, el joven Francisco Rafael cruzó los claustros de la Real y Pontificia Universidad de Caracas. Allí se consagró como Doctor en Teología, la cúspide intelectual de su época. En aquel mundo virreinal, alcanzar semejante dignidad significaba integrar la más alta élite letrada: hombres sabios capaces de discernir los dogmas sagrados, el derecho canónico y la filosofía que sostenían el orden moral del imperio.
Desposó a Doña Juana Díaz de Bonilla, fundando su hogar mientras las campanas de Caracas marcaban el pulso de una ciudad devota y señorial. Sin embargo, los vientos del destino tornaron turbulentos al iniciarse el siglo XIX. El anciano doctor vio cómo el orden colonial que había conocido durante toda su existencia comenzaba a desmoronarse con el grito de libertad del 19 de abril de 1810 y la posterior declaración de independencia.
Le correspondió presenciar los años más dramáticos de la historia americana: el devastador terremoto de 1812 que redujo a escombros los templos caraqueños, la caída de las primeras repúblicas y el fragor de la sangrienta Guerra a Muerte, donde la Iglesia y las familias nobles se dividieron entre la fidelidad al monarca y el fervor emancipador. Hacia 1817, en medio del torbellino bélico que transformaba a la capitanía en una nueva nación, Francisco Rafael descansó finalmente, cerrando el capítulo de un ilustre custodio del saber en el ocaso de una era dorada.


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