domingo, 20 de septiembre de 2026

Ozenda De Navarra Reina Consorte De Asturias ★Bisabuela n°24M★ Ref: ON-0754 |•••► #PORTUGAL 🏆🇵🇹★ #Genealogía #Genealogy




 

Árbol Genealógico y Parentesco

Relación de parentesco:

Ozenda de Navarra, reina consorte de Asturias, es la 25.ª bisabuela (27.ª generación / ancestro en 26.º grado) de Carlos Juan Felipe Antonio Vicente De La Cruz Urdaneta Álamo.

Línea de Ascendencia Materna (Sistema Sosa-Stradonitz)

  1. Carlos Juan Felipe Antonio Vicente De La Cruz Urdaneta Álamo (N.° 1)

  2. Morella Álamo Borges (su madre) — N.° 3

  3. Belén Eloína Borges Ustáriz (su madre) — N.° 7

  4. Belén de Jesús Ustáriz Lecuna (su madre) — N.° 15

  5. Miguel María Ramón de Jesús Uztáriz y Monserrate (su padre) — N.° 30

  6. María de Guía de Jesús de Monserrate e Ibarra (su madre) — N.° 61

  7. Teniente Coronel Manuel José de Monserrate y Urbina (su padre) — N.° 122

  8. Antonieta Felicita Javiera Ignacia de Urbina y Hurtado de Mendoza (su madre) — N.° 245

  9. Andrés Manuel Ortiz de Urbina y Landaeta, I Marqués de Torrecasa (su padre) — N.° 490

  10. Manuel Ortiz de Urbina y Márquez de Cañizares (su padre) — N.° 980

  11. Manuel de Ortiz de Urbina y Suárez (su padre) — N.° 1960

  12. Juan Ortiz de Urbina y Eguíluz (su padre) — N.° 3920

  13. Martín Ortiz de Urbina (su padre) — N.° 7840

  14. Pedro Ortiz de Urbina (su padre) — N.° 15680

  15. Ortún Díaz de Urbina (su padre) — N.° 31360

  16. Diego López (su padre) — N.° 62720

  17. María Sánchez Ordóñez de Lemos, princesa de León (su madre) — N.° 125441

  18. Elvira García (su madre) — N.° 250883

  19. García Ordóñez de Aza, conde de Nájera (su padre) — N.° 501766

  20. Ordoño Ordóñez, infante de León (su padre) — N.° 1003532

  21. Cristina de León (su madre) — N.° 2007065

  22. Velasquita Ramírez, reina consorte de León (su madre) — N.° 4014131

  23. Adosinda Gutiérrez (su madre) — N.° 8028263

  24. Gutierre Arias de Menéndez, II conde del Sobrado (su padre) — N.° 16056526

  25. Duquesa Hermesinda Gatóniz de El Bierzo (su madre) — N.° 32113053

  26. Gatón de El Bierzo, conde de Astorga y de El Bierzo (su padre) — N.° 64226106

  27. Ramiro I, rey de Asturias (su padre) — N.° 128452212

  28. Ozenda de Navarra, reina consorte de Asturias (su madre) — N.° 256904425

Registro Biográfico del Personaje

Ursinda Munialona (Ozenda o Adosinda) de Coímbra, reina consorte de Asturias

  • Variantes del nombre:

    • Español: Ursina Monialona de Coímbra, reina consorte de Asturias.

    • Portugués: Ozenda de Coimbra, rainha consorte das Astúrias.

  • Sexo: Femenino

  • Nacimiento: Circa 754

Familia Inmediata

  • Padre: Conde Flavio Ataulfo de Coímbra.

  • Madre: Ildoara Atauldo Sueira de Coímbra.

  • Hermano: Flávio Alarico "Atanarico" de Coímbra.

  • Esposo: Vermudo I «el Diácono», rey de Asturias.

  • Hijos:

    • Ramiro I de Asturias (c. 790–850): Sucedió en el trono asturiano a Alfonso II el Casto. Sus restos reposan en el Panteón de Reyes de la Catedral de Oviedo.

    • Cristina: Sepultada en el Monasterio de San Juan de Corias junto a sus padres, según consta en una inscripción sepulcral.

    • García: Mencionado en un documento de donación otorgado por su hermano Ramiro I a favor de la iglesia de Santiago.

    • Thisiena

Reseña Histórica

En las crónicas de Rodrigo Jiménez de Rada (arzobispo de Toledo) y de Lucas de Tuy se le da el nombre de Ímilo o Nunilo, identificándola como hija de Flavio Ataúlfo, magnate gallego y nieto del monarca visigodo Witiza. No obstante, en su propio epitafio figura bajo el nombre de Ozenda (Ursinda).

Datos de Archivo y Gestión Genealógica

  • Investigación genealógica: Ing. Carlos Juan Felipe Urdaneta Álamo, MD.IG. (Metodología Sosa-Stradonitz).

  • Gestión del perfil: Dr. Leopoldo José Briceño-Iragorry Calcaño, MD, junto a 84 colaboradores.

  • Curaduría de datos: Victar.

  • Registro inicial en base de datos: 7 de octubre de 2007.
Ozenda De Navarra Reina Consorte De Asturias



En los años en que el mundo antiguo se desvanecía entre el eco de espadas y rezos, nació en los valles indómitos del Pirineo una niña llamada Ozenda. Corría el año de gracia de 754 cuando vio la luz entre los robledales de Vasconia, una tierra montaraz que los cronistas llamarían más tarde Navarra. En aquel tiempo, Navarra no era aún un reino con cetro y corona, sino un mosaico de clanes celosos de su libertad, atrapados como una cuña de hierro entre dos gigantes formidables: el creciente Imperio de los francos al norte y el poderoso Emirato omeya de Córdoba al sur.

Crecer en aquellas cañadas enseñó a la joven Ozenda el peso del silencio y la astucia. Cuando contaba apenas veinticuatro primaveras, en el verano de 778, la tierra tembló con el paso de las huestes del emperador Carlomagno. El monarca franco había arrasado los muros de Pamplona al retirarse, pero en las gargantas de Roncesvalles los guerreros vascones cobraron venganza eterna, emboscando y despedazando la retaguardia imperial. Ozenda aprendió entonces la primera lección de su destino: los pactos entre los señores de la montaña y los reyes cristianos eran la única muralla capaz de resistir las tormentas del sur y del norte.

Hacia la década de 780, las miradas del incipiente Reino de Asturias —la precaria trinchera cristiana refugiada entre las peñas cantábricas— se volvieron hacia Oriente. Para sobrevivir a las temibles razias musulmanas, Asturias necesitaba el aliento y la sangre indómita de los vascones. Fue así como la noble doncella pirenaica cruzó las montañas para unirse en matrimonio con un hombre cuyo destino parecía haber sido sellado para los altares: Bermudo, hijo de Fruela y sobrino del gran Alfonso I.

Bermudo era un hombre devoto y tonsurado, un clérigo al que la corte llamaba «el Diácono». Sin embargo, las intrigas palaciegas y la súbita muerte del usurpador Mauregato obligaron a la nobleza a sacar al clérigo de su retiro espiritual para ceñirle la corona en el año 788. De la noche a la mañana, la dama de los valles vascones se vio ungida reina consorte de un reino al borde del abismo, teniendo por esposo a un monarca que empuñaba la espada con mano consagrada a la oración.

La prueba de fuego llegó pronto. En 791, el emir Hisham I lanzó sobre el norte una furiosa algara de castigo. En las orillas del río Burbia, en las tierras del Bierzo, las tropas cristianas se batieron con desesperación, pero sufrieron una derrota desgarradora. Bermudo, atormentado por el remordimiento clerical de haber derramado sangre humana y consciente de que el reino requería un brazo militar inflexible, tomó una decisión insólita en las crónicas de la época: renunciar por voluntad propia al trono.

Ozenda demostró en esa encrucijada su verdadera grandeza. Lejos de alimentar la discordia o el rencor por la pérdida de la corona, sostuvo a su esposo y propició una transición pacífica y fraterna. La corona fue entregada a su joven primo, Alfonso II, a quien la historia recordaría como «el Casto». Bermudo y Ozenda regresaron a una vida palaciega de serena dignidad en la recién fundada corte de Oviedo, donde el rey emérito vivió como consejero y hermano del nuevo monarca hasta su muerte en 797.

En aquel palacio ovetense, Ozenda no quedó relegada al olvido. Como reina viuda y matriarca de sangre navarra, se convirtió en el puente vivo entre dos mundos que estaban destinados a forjar la Reconquista peninsular. De su vientre había nacido el infante Ramiro, a quien crió entre las enseñanzas litúrgicas de su padre y el orgullo feroz de los montes pirenaicos.

Durante sus largas décadas de madurez, Ozenda presenció cómo la pequeña corte de madera y piedra crecía. Vio llegar noticias del fabuloso milagro de Campus Stellae hacia 814, cuando un ermitaño halló el sepulcro apostólico de Santiago en los confines de Galicia, dando al reino asturiano una bandera espiritual invencible. Supo también cómo sus parientes en los Pirineos, tras librar la segunda batalla de Roncesvalles en 824, ungían a Íñigo Arista y alzaban por fin el Reino de Pamplona, cerrando el círculo de su propia estirpe.

Cuando la anciana reina cerró los ojos hacia el año 829, a los setenta y cinco años de edad, dejaba tras de sí un legado monumental. Aunque la historia posterior envolviera a veces su nombre entre los velos del mito y la leyenda de las antiguas crónicas, su mayor triunfo descansaba ya en la cuna de los tiempos: su hijo Ramiro I ascendería poco después al trono para dar a Asturias su arquitectura más gloriosa y afianzar para siempre la dinastía que su madre, la dama de Navarra, había enlazado con la roca eterna de las montañas.

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